AI. ¿Inteligencia Artificial o Adaptación Inteligente?

Por Federico Mayer

En esta nueva era digital en que estamos viviendo la diferencia no la hace la Inteligencia Artificial. La hacen las organizaciones que son capaces de aprovecharla. 

El otro día me encontré pensando en lo que habrá significado para un productor agropecuario ver aparecer un tractor por primera vez.

Imagino la escena: alguien acostumbrado a trabajar con caballos observando una máquina hacer el mismo trabajo, pero más rápido y sin necesidad de alimentar animales.

Probablemente muchos hayan pensado que se trataba simplemente de una nueva herramienta para reemplazar al caballo.

Sin embargo, visto en perspectiva, el tractor no fue un caballo mecánico. Fue mucho más que eso. Lo que hizo fue amplificar la fuerza física disponible para las personas. 

La consecuencia no fue solamente trabajar más rápido. Cambiaron las escalas económicas, la organización del trabajo, la superficie que una persona podía gestionar y hasta la estructura de las empresas agropecuarias.

La tecnología visible era el tractor. La transformación real era la aparición de una nueva capacidad.

Tengo la sensación de que hoy estamos frente a un fenómeno similar.

Escuchamos hablar de inteligencia artificial, automatización, agentes o análisis de datos y rápidamente pensamos en herramientas. Nos preguntamos qué software incorporar, qué plataforma contratar o qué modelo utilizar.

Pero quizás la pregunta relevante debería ser otra.

¿Qué capacidad nueva está emergiendo?

Creo que la respuesta tiene menos que ver con la inteligencia artificial y más con algo mucho más profundo.

La capacidad que está emergiendo es la de gestionar información de una manera muchísimo más poderosa.

Y esa capacidad no surge de una herramienta en particular.

Surge del cambio en el lenguaje que organiza a la sociedad.

Puede sonar extraño plantearlo de esta manera porque solemos asociar el lenguaje con las palabras. Sin embargo, cuando hablo de lenguaje me refiero a la tecnología que permite a una sociedad observar la realidad, procesar esas observaciones, transmitirlas y almacenarlas. Es decir, cómo nos organizamos a partir de los puentes que genera el lenguaje.

La historia de la humanidad puede leerse, en gran medida, como la evolución de estas capacidades.

La escritura amplificó el almacenamiento, y generó las primeras civilizaciones.

La imprenta multiplicó la transmisión, y generó una revolución en Europa de la que emergió la Revolución Industrial.

Pero en las últimas décadas ocurrió algo diferente.

Los cuatro componentes comenzaron a evolucionar simultáneamente y de manera exponencial.

A partir de esto, ya no son las personas quienes observan, procesan, transmiten y almacenan información.

Miles de millones de sensores observan procesos físicos y biológicos en tiempo real.

Los algoritmos o la AI  procesan estos volúmenes de información, imposibles de gestionar para cualquier ser humano.

Redes digitales transmiten información instantáneamente a escala global.

Y sistemas de almacenamiento conservan cantidades prácticamente ilimitadas de conocimiento, para disponibilizarlo de manera que cualquiera de los miles de millones que tienen un dispositivo con acceso a internet pueden generar cambios y retroalimentar el sistema.

No estamos simplemente observando más. Estamos amplificando exponencialmente las capacidades fundamentales con las que una sociedad construye conocimiento y coordina acciones.

Por eso sentimos que el mundo se acelera.

Los ciclos de observación, análisis, decisión y ejecución son cada vez más cortos.

La inteligencia artificial es una consecuencia de este fenómeno, no su causa.

La IA no es la revolución. Es el síntoma más visibles de una transformación mucho más profunda: la evolución del lenguaje con el que la sociedad se organiza.

Y cuando cambia el lenguaje, cambian las reglas de juego.

Después de todo, las organizaciones son sistemas de coordinación humana. Fueron diseñadas para observar, transmitir , almacenar y procesar información para decidir y ejecutar con el objetivo de generar resultados.

Si las capacidades disponibles para realizar esas tareas cambian, resulta lógico pensar que también deberían cambiar las organizaciones.

Sin embargo, nuestra respuesta suele ser otra. Incorporamos herramientas nuevas sobre estructuras diseñadas para otro contexto.

Digitalizamos procesos sin cuestionar los supuestos que les dieron origen.

Automatizamos tareas sin revisar cómo tomamos decisiones.

Es, de alguna manera, como haber utilizado los primeros tractores para reproducir exactamente la misma lógica con la que trabajábamos los caballos.

A veces funciona, aunque por debajo de su potencial. Y en ocasiones ni siquiera lo hace. 

Porque las nuevas capacidades no solo permiten hacer más rápido lo que ya hacíamos. También modifican las reglas bajo las cuales operan las organizaciones.

Tomemos un ejemplo sencillo: 

El lenguaje digital tiende a generar transparencia. Los procesos dejan rastros. Las decisiones quedan registradas. La información se vuelve visible. Los indicadores aparecen en tiempo real. Entonces, muchas personas pueden observar simultáneamente lo que antes estaba oculto o disperso.

Para algunas organizaciones eso representa una enorme oportunidad de aprendizaje y mejora. Para otras representa una amenaza.

Cuando ocurre lo segundo aparecen las resistencias, se retiene información, se ralentizan las decisiones y las personas comienzan a defender territorios en lugar de colaborar.

Y entonces ocurre algo paradójico. La tecnología funciona, pero la organización no.

La capacidad está disponible.Pero la cultura impide aprovecharla.

Y aquí aparece, a mi entender, el verdadero desafío.

La oportunidad tecnológica está disponible para todos.

Lo que no está igualmente distribuido es la capacidad para reorganizarse alrededor de ella.

La diferencia entre quienes lideren esta etapa y quienes la padezcan probablemente no estará en las herramientas que utilicen.

Estará en su capacidad para comprender las nuevas posibilidades que habilita este lenguaje y reorganizar sus personas, sus organizaciones y sus modelos de trabajo para aprovecharlas.

Porque, al igual que ocurrió con el tractor hace más de un siglo, el desafío no es adoptar la tecnología.

El desafío es entender que para el tractor, no necesitamos un establo con comedero y bebedero , sino un galpón con herramientas para mantenerlo. 

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